6 a.m.

Pulsaciones altas, al borde del colapso. Confusión por doquier. Sensación de embriaguez somnífera. Fatiga, adormecimiento de las extremidades. Sangre… Apenas habían pasado unas doce horas desde que entró en su despacho como de costumbre y había dado una larga cabezada, sin ser intencionada, sobre la mesa y el teclado de su ordenador. El sueño le venció y no recuerda nada de lo que pasó antes ni después; tan sólo que se despertó por una extraña sensación de lluvia en su mejilla ladeada contra el escritorio.

Gotas que se deslizaban en su frente hasta llegar a la barbilla. Gotas espesas, de color burdeos. Sangre. ¿En qué macabro sueño estaría buceando su psique? ¿A caso no estaría allí y todo era fruto de su subconsciente imaginario?

Se levanta y sin dar reparo en su vestimenta se dispone a limpiar las manchas de su escritorio. Inocente que justifica el color rojo por los restos de comida que queda aún por la mesa. Mira a fuera y el pasillo permanece en silencio, apagado, oscuro. ¿Qué sucedió hace unas horas? ¿Cómo ha podido pasar tanto tiempo sin darse cuenta de que estaba allí solo? O sus compañeros, ¿por qué no le habían avisado o despertado?

Estruendo metálico seco.

– ¿Quién anda ahí?- pregunta al aire.

Da la vuelta y se dirige de nuevo a su despacho, entonces comprueba que no todo estaba como antes. La mesa ensangrentada, las sillas revueltas. Sus mayores temores entrelazaban sus pensamientos. Ensimismado en aquella estampa, no lo duda y pide ayuda por teléfono.

– Por favor… – susurra al teléfono que no da señal- ¡No me falles ahora!

El siguiente paso que da es comprobar que la sangre no proceda de una herida suya. Chequea todo su cuerpo y, aliviado, respira de nuevo con otra incógnita. ¿Qué ha pasado mientras él no era consciente de que estaba allí?

Se le ocurre encender la luz para arreglar su mesa y salir hacia el pasillo. Desastre. La idea ha sido del todo inoportuna, la luz le ha mostrado una imagen aterradora que nunca se habría imaginado. El techo y algunas paredes de un fuerte rojo que impacta y se desliza hacia el suelo, impregnando de pigmento agresivo a su paso.

No podía ser, no se lo podía creer. Unos pasos hacia la puerta, la abre y asoma su incrédula cabeza en busca de una mirada cómplice en busca de una explicación que le rescate del terror. Nada. Ni una mosca revolotea por ahí. Toma un esbozo de valentía al inspirar y se atreve a salir del minúsculo habitáculo ensangrentado. Comprueba la planta y se lamenta por no ver a nadie.

– Acaso habré sido yo… ¿Y si me ha dado un colapso mental y he cometido una atrocidad?

Empieza la histeria y con ella un baile anárquico de pensamientos estrambóticos en búsqueda de una posible explicación a todo. Silencio. Oye un golpe seco. Al menos con el amanecer se puede calmar un poco con la calidez de la luz asomando por las ventas, pero el problema no ha desaparecido. Husmea por su alrededor con el intento de encontrar pruebas de algo.

La oficina inerte. El aire entrecortado. Se dirige hacia la salida pero la puerta permanece bloqueada. Mira el reloj de la pared y sigue marcando las 6:45h de la mañana. Demasiado tarde para él, demasiado pronto para los demás. Para los demás que empiezan su turno de trabajo a las 8h. Hasta entonces no sabe qué hacer ni cómo justificará a sus compañeros el desastre de su despacho. Había descartado un asesinato, pues por suerte no encontró ningún cadáver a su alrededor, pero eso no indicaba que hubiera pasado algo similar en el resto del edificio.

Huye rápido despavorido hacia el despacho ante la idea de un asesinato en la planta superior del mismo cubículo. Grita y nadie responde. El techo sigue goteando y dejando huella del trayecto final.

7:15h el sol recorre todas las mesas de la oficina a su paso por el alumbrado de las calles de la ciudad. La décima planta está tranquila. La undécima no tanto. Golpes secos se suceden tras el sonido de arrastre de un gran peso. Él lo puede oír desde su despacho, en dirección al pasillo. Decide gritar, pero ya es tarde. Nadie le oye, y menos desde la plata superior. Revolotea pasillo arriba pasillo abajo, revisa todas las mesas, cajones y reposapiés. Nada. Nada que le ayude a convencerse de una atrocidad superior que se ve acrecentada por su mente.

Como si de una lista mental se tratara anda tachando y reescribiendo posibilidades y las explicaciones que puede dar a los primeros compañeros que atravesarán la puerta entre bostezos matutinos.

– Menos mal, faltan veinte minutos y ya estarán aquí.- se decía en voz alta; ya se había limpiado, o al menos intentado apagar la intensidad de aquel color en su camisa blanca y la fina corbata de seda que resbalaba entre su hombro izquierdo.

Se mira al espejo.

– Sí, mejor así. Así apenas se notará.- mientras se anuda la corbata con varios cercos en el dibujo original. Se toma su tiempo.

Ensaya algunas palabras con un tembleque incesante en sus manos. Respira profundo y sale tras el primer portazo que oye, que indica la llegada de los primeros compañeros.

– Buenos días- se cruza con Hank.
– Buenos días- le responde este de vuelta.
– Menudo ruido andan haciendo arriba, así no sé cómo vamos a trabajar. ¡Menudo desastre!
– Cierto. – ya tiene un cómplice, al menos en su discurso improvisado del estruendo. No se siente tan agobiado por la culpa inherente de lo ocurrido.

Camina en dirección al ascensor sin dejar que nadie le pare por el camino. Saluda cordial, o al menos todo lo que puede, aunque su cara desvela una fatiga de preocupación desmesurada. Algunos ya murmuran sobre su aspecto, porque a su edad ya alcanzan las primeras noticias de amago de infarto o sucedáneos achaques de salud.

Nervioso, tenso con sonrisa forzada pulsa el botón de la décima planta. Ciertamente, el resto de personas que se haya en el minúsculo habitáculo no le han presado ni la más mínima nota de atención. Viernes, primera hora, sueño, toneladas de café para enfrentar la jornada. Y ganas, muchas ganas de salir del edificio lo antes posible para inaugurar el fin de semana.

Décima. Bajan. Suben. Va directo en dirección a la zona que corresponde a su despacho, pero algo le llama la atención. Lonas y láminas enormes de plástico traslúcido cubren los accesos a los despachos y las oficinas acristaladas. Precinto que impide el paso, ciertamente solo de forma visual, a la zona que le interesa. Examina todo y parece estar vacío, en una aparente calma.

Rasga sin premeditación cualquier barrera siguiendo su impulso, al ritmo del frenético que su corazón le marca. Alivio. Frescura en un ambiente cargado de disolvente por saturación de oxígeno. Todo el quebradero de cabeza se había esfumado, al menos en parte.

Habitación vacía, preparada para alguna reforma, tal y como parecía el resto de la planta. Aparentes pruebas de color en un pedazo de pared. Radiador antiguo pintado de un fuerte y vibrante burdeos que al parecer ha viajado desde un cubo retorcido, a punto de tumbar en la tubería de calefacción. Fuga. Una pintura fugitiva en busca de nuevos y desternillantes horizontes.

Levanta el cubo. Respira. Ahora sí que ha acabado su pesadilla. Ahora ya disfruta de su viernes. Sólo queda avisar al seguro para que repare el destrozo. Todo listo, nada grave.

 

 

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